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Metedura de pata

A través de los ceremoniosos cuadros que adornan los pasillos del castillo Crassodon, una sirvienta caminó con paso apresurado. Llevando entre los brazos una pila de platos que le sobrepasa la cabeza, dificultándole la vista del camino. Aun así, es un recorrido que ha realizado desde que era pequeña y que tiene más que aprendido de memoria.

Con su hombro empujó, no sin esfuerzo, una puerta de doble hoja. La cocina era un hervidero de gritos y personas estresadas. La sirvienta se dirigió al fregadero para dejar los platos que le tenían entumidos los brazos. Un niño pequeño, desgreñado y sucio barrió los desperdicios del piso perezosa y torpemente. Sin ver quién pasaba a su alrededor, hizo tropezar a la sirvienta, que casi tira la vajilla por los pisos.

—Tú, mugriento, ten cuidado o te devuelvo de pataditas a la calle. Y tú, culicagada, los platos que rompas son los días que dejarás de comer —gritó una mujer gorda y baja mientras jalaba al niño de la oreja hacia otro lugar donde no pudiera causar desastres.

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La sirvienta dejó los platos tambaleantes y se dirigió con paso apresurado hacia una mesa en la que se encontraban cuatro platos ricamente adornados con los mejores sabores del reino. El cocinero, un hombre delgado y bastante huesudo, la regañó en un idioma desconocido para ella. Con los ojos desorbitados, arregló pequeños detalles de los platillos y empujó a la sirvienta hacia la salida de la cocina.

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Apoyada en el balcón, Arlet observaba el desierto que rodea el castillo. A su espalda, en la habitación, se encontraban tres sirvientas listas para atender cualquier capricho que se le antojara. A su lado la observaba detenidamente una mujer mayor, esbelta y elegantemente vestida: su consejera. La tensión en los aposentos se podía cortar con un cuchillo.

—Su Majestad, sé que le es difícil aceptar las órdenes de un hombre, en especial el Rey de los Lobos, pero no estamos en casa —expuso con su voz calmada aquella mujer que había ayudado a Arlet a tomar las decisiones más difíciles desde que había sido coronada reina del pueblo de los Búhos.

Arlet contuvo la respiración y acarició el barandal mientras sus ojos no se alejaban de las dunas de arena.

—Majestad… —insistió la consejera.

Soltando el aire, la reina se giró y quedó de cara con su consejera, la miró atentamente, suspiró, torció los ojos y entró a la habitación sin decir nada. Una de las sirvientas se acercó corriendo a Arlet con una corona de oro blanco adornada con gemas negras en la cabeza.

—No quiero oír una palabra más, voy llegando tarde.

Otra sirvienta corrió para abrir la puerta; Arlet, con un ademán de mano, le indicó que se moviera y abrió la puerta. Desde el balcón, la consejera vio la escena, levantó sus ojos al cielo con una plegaria silenciosa y suspiró.

Las puertas de la sala de reuniones se encontraban custodiadas por dos soldados de brillante armadura, los cuales vieron de reojo con curiosidad a la reina Arlet, pero no se atrevieron a moverse por miedo a parecer descorteses. Cuando la reina se detuvo ante las puertas, uno de los soldados se inclinó para abrírselas.

—Déjalo, puedo hacerlo yo —dijo Arlet con una sonrisa juguetona en los labios.

—Lo siento, Su Majestad —susurró el soldado con el asomo de un leve rubor en sus mejillas.

Arlet se enderezó la corona y entró en la habitación. Detrás de ella, el soldado detuvo la puerta permitiéndole la entrada a la sirvienta cargada de platos con un exquisito aroma.

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En el centro de la habitación se encontraba un trono con los reposabrazos tallados con cabezas de lobos. Kilian, el rey, estaba sentado observando la lucha que se desarrollaba en el centro de la sala, en la cual participan dos hombres semidesnudos. A su lado se encontraban dos gemelos, los reyes de los Ciervos, que parecían más divertidos con el par de canicas que se intercambian que por el espectáculo que se les organizó. Cerca de Kilian, un hombre barbado y jorobado, apoyado en un bastón, observa cómo se desarrollaban los acontecimientos.

—Adoro estos deportes de hombres —dijo Kilian entre risas—. Nosotros peleamos y las mujeres nos atienden las otras necesidades; ustedes, compañeros, saben a qué me refiero.

El estruendo de los platos al resbalarse de las manos de la sirvienta fue acompañado de un silencio sepulcral. El consejero del rey abrió los ojos sorprendidos, la única expresión que alteró su rostro entrenado para ocultar los sentimientos. Los gemelos se vieron como si a través de la mirada pudieran comunicarse su desagrado. Arlet, desde la puerta, carraspeó.

Los hombres que luchaban para entretener a los invitados se detuvieron. La risa de Kilian se fue desvaneciendo en el aire mientras su rostro palideció al ver a la reina de los Búhos. Arlet alzó una ceja acusadora y salió de la habitación azotando la puerta. La sirvienta volvió a su papel sumiso y se arrodilló, recogiendo los platos rotos y limpiando la comida del piso con su delantal.

El consejero se acercó al oído del rey para susurrarle, lo que hizo que este se levantara y, después de realizar una reverencia a los gemelos, se retirara de la estancia.

Kilian irrumpió furioso en la habitación, se tiró en una silla y montó los pies, en una ostentosa mesa. El consejero, que seguía sus pasos, se paró frente al rey con las manos cruzadas en la espalda.

—Eso fue una estupidez, está poniendo en riesgo la alianza de nuestros pueblos. Sabe que estamos muy mal ubicados y sin su ayuda puede que la mayoría de sus súbditos no sobrevivan otro invierno. Se lo advertí una y otra vez, que tuviera cuidado con las cosas que dice. Ahora tiene que dejar de ser un niño malcriado y pedir perdón —dijo el consejero sin alterar su tono de voz.

Kilian lo escuchó distraídamente mientras se limpiaba bajo las uñas con un puñal. Después de que el silencio en la habitación se volvió tan denso que impedía respirar, el rey bajó las piernas de la mesa, se rascó el cabello haciendo mala cara y miró fijamente al consejero.

—Jmm, lo haré.

El consejero dio media vuelta y salió de la habitación; Kilian, desde su silla, lo imitó como hacen los niños pequeños. Abrió uno de los cajones del escritorio donde se encontraban guardados el papel, diferentes tipos de plumas y un tintero. Después de elegir una pluma, la mordió y se dio golpes en la cabeza mientras ideaba qué escribiría. Pasó la pluma bañada en tinta sobre el papel y leyó el resultado.

—Horroroso —susurró y, haciendo una bola con el papel que lanzó contra la chimenea.

Volvió a empezar hasta quedar satisfecho y tocó una campanilla llamando a un sirviente.

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—Llévaselo a la reina Arlet.

El sirviente hizo una reverencia antes de salir apresuradamente de la habitación. Esperando la respuesta, Kilian sacó un cuaderno de dibujos de un falso cajón. En las hojas se veían plasmadas pequeñas cabañas y pedazos de un bosque. Encontró una hoja en blanco, remojó la pluma y comenzó a dibujar una cabaña.

—Mi señor, la reina no quiso leer la nota, la quemó al instante. Sus sirvientas ya están haciendo las maletas —susurró el sirviente después de asomarse por la gran puerta.

Kilian cerró el cuaderno de un golpe y le gritó que se fuera.

El rey entró en la cocina del palacio y, a medida que se adentraba en la habitación, los empleados hicieron una reverencia.

—Mamá, ¿ese es el príncipe pelele? —se escuchó una vocecita delgada en el fondo de la cocina; una cachetada sonó estridentemente y Kilian torció los ojos.

Después de salir por la puerta trasera, el rey se sentó encima de una caja al lado de un bote de basura, cruzó las piernas y le dio un gran mordisco a una manzana que había agarrado en la cocina. Masticó lento y apoyó la cabeza contra la pared, mirando el cuadrito de cielo que no tapaba la construcción. Dio la última mordida y tiró el corazón al otro lado del callejón. Se escucharon unos gruñidos y las sombras contra las paredes se convirtieron en dos niños en los huesos que se pelearon por la basura lanzada al suelo.

La puerta trasera se abrió, ahuyentando a los niños, y salió la mamá de Kilian: una mujer mayor con el pelo canoso y la ropa vieja. Kilian se levantó dándole el puesto a su madre y se arrodilló a sus pies.

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—Nuestro pueblo se muere de hambre, hijo mío —se quejó ella mientras observaba a los niños convertidos en sombras—. Estas malditas tierras áridas son nuestra perdición. Pero tú, gracias a los dioses, podrás hacer que todo sea distinto. Con la firma de los acuerdos no aguantaremos hambre este invierno, ni este otoño. Quizás nunca más.

Kilian vio la emoción y esperanza en los ojos de su madre y escondió la cabeza entre sus faldas, donde comenzó a llorar. Ella le acarició el cabello y le levantó delicadamente la cara para que la viera.

—Nunca quise ser rey. Ojalá pudiéramos escapar. Yo podría hacer una cabaña en el bosque y no tendríamos que servirle a nadie. Quizás sea un poco difícil al principio, pero puedo aprender a cazar y a cultivar nuestra comida.

Su madre sonrió con tristeza y le limpió las lágrimas con su falda. Le arregló el cabello con ternura y le dio un beso en la frente.

—Mi niño hermoso. No quiero que seas un sirviente toda tu vida como yo. Por misericordia de los dioses, el anterior rey no dejó hijos ilegítimos y tú, aun siendo un bastardo, tuviste la oportunidad de llegar al poder. Estás destinado para grandes cosas. No te conformes con menos.

En la puerta de la habitación de Arlet estaba un sirviente que le informó al rey que no podía entrar. Él, de mal humor, hizo un gesto con la mano y le ordenó que se fuera. Tocó la puerta con los nudillos y no escuchó ninguna respuesta. Insolente, abrió la puerta, un cuchillo pasó rozándole la cabeza y se clavó en la pared. Kilian se pasó la mano por la oreja y la vio manchada de sangre. Apretó la mandíbula e, impostando dignidad, entró en la habitación.

Parada en el centro de la habitación, Arlet lo miraba fijamente con los brazos cruzados. Kilian caminó frente a la mirada de la reina y, sentado en la cama, les ordenó a las sirvientas que se fueran.

—Dado que no quisiste leer la nota que escribí, tuve que venir personalmente a pedir perdón.

—¿Por decir que las mujeres solo servimos para darles sexo o porque tuviste la desgracia de que yo lo escuchara? —replicó la reina mientras el cuchillo volvía volando a su mano.

—Creo que la primera; en cualquier caso, es igual, aquí estoy pidiendo perdón —dijo Kilian restándole importancia al asunto.

—Deberías hacerlo como la bestia que eres.

Kilian gruñó por lo bajo, se levantó de la cama y agarró uno de los cojines sobre los que estaba recostado. Sacudió el piso con este y se arrodilló encima de él. Luego, reprimiendo una risa, juntó las manos en forma de plegaria.

—Su Majestad, le pido perdón —dijo Kilian, irónico.

—Hablaste en público, lo justo es que te disculpes en público —entre risas, Arlet caminó por la habitación terminando de trenzarse el cabello—. Aunque, pensándolo bien, debería demostrarles a tus súbditos qué otras cosas podemos hacer las mujeres.

El coliseo del reino se encontraba a reventar con niños, mujeres y hombres de todas las edades. Los gritos de la multitud hacían retumbar el piso. El maestro de ceremonias caminó hacia el centro de la arena con un sombrero extravagante y ropa colorida.

—Señoras y señores, nos encontramos para presenciar algo increíble, algo nunca antes visto. De lo que sucederá este día se harán canciones que perdurarán para la eternidad. Por un lado, tenemos a la reina de los Búhos, una de las mujeres más hermosas que he visto. Apláudanle a la reina Arlet, con tan solo 19 años.

El pueblo gritó de alegría y aplaudió emocionado.

—Y por el otro lado tenemos a nuestro reciente soberano, el rey Kilian.

Un silencio sepulcral llenó el lugar; entre el público se escuchó a una persona aplaudiendo, pero rápidamente fue silenciada. Alguien tiró un zapato que fue recogido por un sirviente.

—Les recordamos que no se permiten armas, y no, reina Arlet, tampoco podrá usar su preciosa magia. El primero en quedar inconsciente pierde. Y Sus Majestades, creo que en nombre de todo el reino les pido, por favor, no se maten; los necesitamos.

El pueblo rio. Arlet entró al coliseo y se quitó la capa color borgoña, que quedó flotando en el aire detrás de ella. Kilian, al otro lado de la arena, dejó su espada en una mesa y sacó los puñales que tenía escondidos dentro de las botas. Ambos reyes se encontraron al frente del maestro. El rey se tronó los nudillos y le guiñó un ojo a Arlet.

—Reyes nuestros, dense las manos y que gane el mejor —gritó el maestro de ceremonias con entusiasmo.

Arlet y Kilian se dieron la mano. El maestro de ceremonias salió de la arena y ambos reyes se pusieron en posición de combate. Kilian lanzó el primer golpe. Después de unos cuantos puñetazos, Arlet escupió la sangre que le llenaba la boca por culpa de un corte en el labio.

—Dale, niñito. Da un golpe un poco más fuerte —dijo Arlet rodeando al rey.

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Kilian sonrió y le dio un puñetazo en el estómago a la reina. Esta aprovechó y le golpeó las piernas tirándolo al piso. El pueblo enloqueció a gritos. Kilian se levantó y corrió hacia ella. Cuando estaba a punto de golpearla, esta dio un paso al lado y le puso zancadilla; el rey tropezó y se dio de cara contra el piso.

—¡Deja de huir y pelea! Soy yo el único que da golpes aquí —gritó indignado Kilian.

Intentó levantarse, pero Arlet le golpeó el pecho con una patada y volvió a tirarlo al piso. Se paró encima de él y Kilian se puso rojo de la ira. Agarró sus tobillos y la jaló, haciendo que se cayera sentada encima de él, quitándole el aliento.

—Si estoy arriba de ti e intentas tirarme, ¿sabes quién sufre? ¡Exacto! Tú —se burló la reina mientras le enterraba las uñas en el cuello—. En este momento podría terminar contigo, pero sería muy rápido.

Ella se levantó y le hizo señas a Kilian para que hiciera lo mismo mientras se ponía en posición de combate. La reina lo golpeó con una patada a la cabeza. El rey, aturdido, se apartó el cabello de la cara y se secó el sudor que se escurría por su rostro entrándole en los ojos. Arlet lanzó otra patada, Kilian le agarró la pierna y, jalándola, la tiró al piso. Allí le pisó la mano con su bota de piel.

—Cuéntame, princesita, ¿Quién se encuentra abajo ahora? —rio Kilian.

Mirándola con un poco de lástima, se preparó para darle una patada a Arlet en la cabeza. Levantó la vista y vio a los niños en los huesos y mugrosos que gritaban desde las tribunas. El recuerdo de los indigentes peleando por las sobras pasó por su cabeza, así como las consecuencias negativas que tendría para el pueblo que él ganara esta pelea. Bajó por un momento la guardia y Arlet le dio un golpe en la parte de atrás de la rodilla, haciendo que el rey cayera sobre estas contra la arena. La reina sonrió y se despidió con la mano a la vez que agarraba la cabeza de él y la golpeaba contra el piso. Se escucharon los vítores del pueblo y la voz del maestro desvaneciéndose mientras el rey se desmayaba.

Sobre el Proyecto

Engelwald es un proyecto multidisciplinario en fase de desarrollo que busca expandir la narrativa literaria hacia nuevas fronteras interactivas. Lo que ves aquí es un prototipo funcional: una primera aproximación a la inmensa experiencia que queremos construir.

 

Nota sobre el Arte Visual: Para visualizar el potencial estético y la atmósfera de este universo, las ilustraciones presentes en esta fase han sido generadas utilizando herramientas de Inteligencia Artificial. Estas imágenes sirven como concepto visual para representar la dirección artística que el proyecto busca alcanzar en su versión final.

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